Reflexiones sobre la reforma de la constitución


Marcelo Lopez Arias – Columnista invitado

 

Es difícil en estos días escapar a la polémica sobre  el tema de las reelecciones presidenciales y de una eventual reforma constitucional y, por supuesto no quiero eludir el tema pero quiero abordarlo de una forma mas abarcadora que no se limite a la inacabable y áspera discusión sobre la eventual reelección de la actual presidenta sino sobre la conveniencia o no de abordar una reforma integral que ya ha sido instalada por algunos sectores que vienen pregonando la necesidad de terminar “con el consenso de Washington” y con el “neoliberalismo de la reforma del 94”, discusión esta que me parece mucho mas importante y que trasciende a las personas individuales, que son siempre circunstanciales, y que apunta ya nada mas y nada menos que a la estructura institucional de la Argentina y a una definición sobre la forma de vida que aspiramos para nuestra sociedad.

Para que no parezca que escondo mis ideas, en primer lugar quiero dejar brevemente sentada  mi posición sobre una eventual reelección presidencial que por supuesto es negativa porque, mas allá de las consideraciones y los meritos personales, el país normal con que soñaba Néstor Kirchner no puede ser un país dependiente exclusivamente de la  continuidad y la voluntad de una persona, sino que tiene que tener un juego institucional previsible y reglas de juego claras y permanentes para todos. Un país normal para crecer y desarrollarse con solides y fundamento en forma sustentable y un proyecto político (que aclaro que comparto en su mayor parte) que quiera proyectarse hacia el futuro, no pueden  depender exclusivamente de una persona providencial, por mas importante y capaz que esta sea. Como conozco de muchos años a Cristina Kirchner estoy convencido que este es su pensamiento intimo y que la ansiedad por la reelección es mas un problema de los que dependen  presupuestariamente de su permanencia y que ven negro su futuro laboral si Cristina dejara de ser presidente. Por esta razón y porque en ultima instancia la habilitación de una eventual reelección deberá ser resuelta por el conjunto de una sociedad que es lo suficientemente madura para no otorgar cheques en blanco en forma indefinida y menos a grupos de poder que, bajo el paraguas de un liderazgo de indiscutible legitimidad “van por todo”, con lo que implica esta tajante definición desde el punto de vista de la estructura social y política de un país que ha hecho de la libertad y la dignidad una bandera indiscutible, creo que debemos dejar de lado estas cuestiones menores y entrar de lleno en el fondo de la cuestión que es la necesidad o no de una reforma integral para que las instituciones argentinas se encuentren en condiciones para enfrentar los desafíos de la época.

Y ante todo, para empezar a despejar el campo de confusiones es conveniente eliminar algunos rótulos que solo sirven para embarrar la cancha y tapar el núcleo real de la discusión. Por ejemplo: me parece una verdadera desmesura y una negación de la historia ligar la reforma del 94 al neoliberalismo y al consenso de Washington. Esta claro que quienes establecen esa relación no han leído la constitución y no tiene idea de lo que fue el famoso consenso, que en síntesis fue un acuerdo de los organismos financieros internacionales para imponer a los países en desarrollo un conjunto de normas que se centraban en el equilibrio presupuestario, la liberalización financiera, del comercio exterior, de los mercados y las inversiones externas, las privatizaciones(que en nuestro país fueron anteriores a la reforma) y, posteriormente, a la independencia de los bancos centrales. ¿Y puede alguien de buena fe afirmar que la estructura constitucional actual fue obstáculo para cada uno de estos puntos fueran puestos en  discusión o cuestionados por los poderes del estado nacional? Lo que fue una imposición externa asentada sobre la debilidad de nuestros países, en la medida que se fortalecieron los poderes del estado y las economías nacionales, mal o bien fue cuestionado, limitado o directamente dejado de lado por nuestro país, sin que la constitución significara ningún obstáculo para ello.

La reforma del 94 en realidad fue un acto de poder por el que se logro imponer la reelección presidencial y como contrapartida se concedió una serie de reformas que fueron un importante intento, en muchos aspectos fallido, para modernizar la constitución de 1853. La aplicación del derecho internacional en materia de derechos humanos, el Consejo de la Magistratura, la reglamentación de los decretos de necesidad y urgencia, los derechos de tercera generación como los del consumidor, de información, el amparo, el habeas data, los derechos ambientales, las acciones colectivas, la institucionalización de los organismos de control, y normas de contenido federal como la obligación de dictar una nueva ley de coparticipación federal y la propiedad provincial de los recursos naturales amen del tercer senador por la minoría, son instituciones que nada tienen que ver con el neoliberalismo y que mas que pensar en reformarlas habría que hacer un intento serio por cumplirlas. De ello puede dar fe un conjunto de brillantes convencionales entre ellos nada mas y nada menos que nuestra Presidenta Cristina Fernández de  Kirchner, Néstor Kirchner y mi siempre recordado ex compañero de banca en el senado y ex. Presidente el Dr. Raúl Alfonsín.

Ahora si de lo que se trata es de cambiar instituciones que tienen una profunda raigambre en nuestra historia, y que solo fueron históricamente cuestionados por los sucesivos autoritarismos militares, como la división y el equilibrio de poderes propios de la república, la independencia del poder judicial, el control parlamentaria y de la justicia, el sistemas federal, el respeto a las minorías y a la libertad de expresión y de prensa, allí si que empiezo a preocuparme en serio porque podríamos estar cavando la tumba de la democracia argentina.

Hoy vivimos un momento histórico de una profunda división en la sociedad, en el  que  las distintas facciones políticas parecen querer aniquilarse las unas a las otras. El dialogo y la búsqueda de de coincidencias propios de una sociedad madura hoy suenan como malas palabras. Y donde nos parece malo todo lo que nos pone límites, sea un fallo judicial, una crítica o una opinión diferente. En este clima, en el que toda posibilidad de acuerdo parece una irrealidad y donde todo intento de modificación podría terminar en una imposición de una mayoría circunstancial, seria una verdadera locura avanzar en una reforma de esa norma fundamental que garantiza los derechos esenciales y que nos estructura como estado y como sociedad. La constitución debe ser un producto del consenso social y un marco de referencia aceptado por todos para poder funcionar como tal.

Las normas constitucionales vigentes en nada obstaculizan la implementación de políticas de distintos signos, salvo que lo que se quiera es imponer un estado autoritario que nada tendría que ver con la profunda vocación democrática demostrada por el pueblo argentino. Por ello mi preocupación frente al cariz que hoy esta tomando este debate. Discutamos todo lo que queramos la implementación de las políticas que creamos convenientes para resolver los problemas del país, pero no destruyamos las instituciones fundamentales que garantizan la convivencia democrática, porque estaríamos poniendo en riesgo el futuro de nuestra patria y la posibilidad de nuestros hijos de crecer y desarrollarse en una argentina de libertad, justicia y solidaridad.

Un viejo compañero de luchas de toda la vida me preguntaba sino me sentía representado por muchas políticas que hoy se están implementando. Y de corazón le conteste que en gran medida si, pero que lo que no puedo ni quiero olvidar es lo que me enseño a valorar la trágica experiencia de la violencia y las dictaduras militares: el respeto, el dialogo y la convivencia como bases esenciales del futuro que deseo para mis hijos.

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